miércoles, 14 de octubre de 2015

La nada

Me siento como ceniza en sus bocas, Naidirah. Me siento ajena a todo lo que nos rodea, incluso de ti. Nada de lo que hago tiene sentido, todo  se desvanece entre mis manos medio muertas en pequeños granos de arena blanquecina. Es la nada, es el frío de la graba recorriendo mi espina dorsal, el frío de la blanca espuma de mar inundando mis pulmones. La mentira invadiendo los callejones de mi mente perturbada. 
¿Por qué muero sin morir? ¿Por qué vivo sin vivir?
Me chirrían los caminos que llevan a Roma, porque yo no quiero ir a Roma, pero todos llevan a Roma. Me molesta el simple echo de querer dar más de lo que puedo dar, o más de lo que se debería dar. Me apago, me muero, me marchito, envejece mi alma y todo el mundo quiere más de lo que soy capaz de dar. Solo un respiro, una calada de aire, viento fresco por mi tez y un mar de silencio en mis ideas es lo que quiero ver, pero todo se vuelve oscuro, gris con un sabor amargo en mis labios, ¿qué es? La nada, la nada viene a por mi otra vez. Me ciega, me aplasta, me asfixia, me atrapa. 


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