Las mentiras que tanto te
gustan contar son tan dulces que las aborrezco, me repugnan. Si lloro no es
porque mientas, es porque no sé mentir. Atravieso el bosque de la urbanía,
busco consuelo, quizás en unas copas, quizás en un libro al que recitar, una película
a la que protagonizar en mis pesadillas... Y no encuentro nada.
Esta pus
putrefacta en la que me encuentro me asfixia, este lugar de espantos más
apacibles que tus ganas de salvarme me da miedo, pero lo acojo en mi seno por
propia voluntad, porque el rocío de la mañana, después de aquella tempestad de
truenos que tanto me enamoro, me revuelve las tripas; pero después de la calma
vuelve la tormenta. Pero ¿qué haces cuando todo por lo que luchas se derrite en
tus labios, se despega de tus recuerdos y se resbala en tus manos?
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