Contó las monedas que tenía en los bolsillos de su sudadera antes de levantarse. Tenía el dinero justo para el autobús, así que lo cogería para ir a casa de su mejor amigo. Y quizás su único amigo. Se le había ocurrido que quizás le dejase darse una ducha, era lo que necesitaba en ese momento y en lo que quería concentrarse en vistas de que su futuro andaba más que muerto a esas alturas.
Había cogido el bus y nada más subir las miradas se posaron en ella, eran miradas de rechazo que observaban casi con asco como aquella desvalida chica tomaba asiento al fondo del transporte, mirando por la ventana con la intención de esquivar todas esas miradas casi que de reproche.
Una vez llego a u parada, las miradas de asco medio se habían apagado y daban paso a los murmullos sobre la mala pinta que tenía esa chica tan desastrosa de pelo azul.
Lua suspiro al bajarse de allí, mirando el suelo por la vergüenza impávida que le causaba aquella situación. Caminaba arrastrando los pies como si tuviera que despegarlos del suelo cada vez que daba un paso con aquellas botas de metal estridentes. Para ella sonaban como los eslabones de una cadena que tiraba de ella a las profundidades de una tumba endiablada y cercana.
Al llegar a la puerta de aquella casa, esa puerta tan conocida que le traía consigo cierto sentimiento de paz o de que todo iba a salir bien, esa puerta de color azul y blanca... Se paro por un momento delante de esta pensando en si tocarla o no. Cuando por fin tuvo el valor para tocar el timbre no había nadie quien pudiera abrirle. A veces se le olvidaba que Vincent tenía clases de mañana, a veces se le olvidaba que ella era la única que no andaba estudiando nada. Pasaba demasiado tiempo sola, tanto, que andaba rodeada de malas gentes y unas ganas irrefrenables de jugarse lo único que le quedaba a la ruleta rusa, la vida.
Se sentó en las escaleras del porche, apoyando su cabeza en la valla con la mochila entre aquellas piernas huesudas. Una de ellas jugueteaba con la punta de su bota en la tierra produciendo ese sonido que hace la tierra mojada al jugar con ella.
Espero por horas, no tenía prisa en absoluto, no tenía a donde ir ni sabía qué hacer... ¿Por qué debía tener prisa? Solo rezaba para que Vincent no tuviese nada que hacer después de las clases. Solo rezaba para que viniera a la misma hora de siempre...
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